dimecres, 20 d’abril de 2011

DESDE QUE YO PASÉ.



Se oían las chicharras como si quisieran escapar del sol. Se apagó el chirrido de la bicicleta; quedó tan solo el girar de la veleta que lo había visto todo. El polvo del camino, la tierra de la era, los olivos sedientos presagiaban que la hora triste se acercaba. Las puertas de madera quedaron entreabiertas en el calor de la siesta, nada hacía pensar en cambiar nada. Ignoraron los vencejos la proximidad del suelo y se hicieron vulnerables, giraron las amapolas, nadie recogió el trigo. El viento fue seco y constante. Se arqueaban las maderas de los bancos de la iglesia, los hogares de las casas humeaban el tizne de antaño. 
La ceniza lo cubre todo, el aire que la mece y la esparce no tiene prisa por irse. Hace tanto ya de la última mañana, del último susurro, del último secreto... No recuerdo cuando pasé por última vez por este pueblo olvidado, donde el silencio reina desde el campanario.

Montse Gras.

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